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Somos la Holanda de por acá

Olvidémonos del futbol negocio por un momento y regresemos a los años en que un futbolista debía tener oficio distinto para mantener a su familia.

No son tan lejanos, un brinco generacional es el que ha convertido al futbol en un aparador de celebridades casi inalcanzables. Hoy, muchos futbolistas son los socios más prolíficos de las marcas; su influencia es tal, que acabando de escribir esta columna voy a comprarme las navajas de afeitar del Chicharito. Lamentable es que esta influencia se utilice, en su inmensa mayoría, para venderle a los aficionados cosas como el tour del equipo, los productos oficiales, el corte de pelo, la pulsera, los tenis, el paquete de llamadas internacionales. La lista es interminable. Si estas voces fueran empleadas en programas educativos sería maravilloso, pero suena como una estupidez para la que los profesionales del futbol no tienen tiempo: hay tantos sponsors por atender que 24 horas al día no serían suficientes. Probablemente es más fácil hacer campañas que duran un minuto previo al juego y patear un balón del color de la campaña en turno.

No pretendo que esto se interprete como una queja a estas campañas efímeras, algunos dirán que al menos se hace algo para crear conciencia. Mi pensar es distinto, porque el futbol brinda oportunidades para demostrar que el negocio y la competencia pueden quedar en segundo término, aunque sea por un momento. ¿Por qué un futbolista profesional no debería fallar a propósito un penal que le ha sido dado por puros intereses económicos? Atrás del penal hay mucho dinero, y atrás del dinero hay muchos intereses. Las respuestas a la prensa y las iniciativas por tuiter pueden confundir o indagar solo un lado del problema:
Un profesional no puede fallar si le ponen la pelota en el punto penal (lo leí de un exjugador y de un jugador, en tuiter). Nosotros no tenemos la culpa de los errores arbitrales (El Piojo). A nosotros también nos han pitado injustamente y no vi a los contrarios fallar a nuestro favor (dice quien tuvo que cobrar y anotar).

Estas respuestas tienen otras respuestas:

Un profesional debería regirse por una ética que determine su formalidad y compromiso ante el mismo oficio. Es decir, el fairplay es la ética en el futbol, es la inmortalidad del deporte. El fairplay está en las manos de los futbolistas. Nadie se mete en la mente de los árbitros o jueces, a ellos se les da una orden que deben acatar, supongo. Por tanto, el beneficiario de sus decisiones injustas es un cómplice que puede lavarse las manos casi de manera victimaria. Quien se beneficia no tiene la culpa de la decisión, pero puede revertirla. Justificar diciendo que otros equipos no lo han hecho frente a nosotros (Robben en el México vs Holanda del mundial) me hizo recordar una máxima mexicana: si me chingan, yo también debo chingar; si no chingo, alguien me va a chingar; si no me lo chingo, alguien se lo va a chingar.

Si hemos sido receptores de malos tratos, no debemos actuar de forma distinta, es lo que leo en esta declaración. Quizás el razonamiento es un tanto primitivo, aunque las decisiones de otros no deberían indicarnos cómo reaccionar ante la oportunidad. De aquí que una sola conciencia, la de un futbolista frente a la portería, pudiera reformar la conciencia colectiva.

En el juego ante Panamá, México tuvo la oportunidad de mostrar que esto sigue siendo un deporte, y que el deporte es un medio educativo, el cual enseña a competir justamente, a saber ganar, a saber perder. Quizás en nuestros días de sponsors es complicado paladear lo que antes significaba deporte. El futbol es un canal para educarnos y regenerar a la sociedad, como los son todas las disciplinas, pero ya que esta reúne a masas, encuentra su ironía de negocio y deporte en su propia popularidad.

Juan Pablo Torres.

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